Evelyne Bissone Jeufroy
Coach - Grafóloga - Psicóloga - Psicogenealogía
Evelyne Bissone Jeufroy
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Entrevista "Le Soir" - Evelyne Bissone Jeufroy - Coach, Psicogenealogía, Grafóloga, Psicóloga

Idioma   Francés

Novedades :

Formación en Psicogenealogía Anne Ancelin Schützenberger © en :
Varios talleres individuales de Psicogenealogia seran organizados en Buenos Aires en marzo, agosto y septiembre 2018.
"Cuatro placeres al día, como mínimo!", en español, colección Aguilar-Fontanar, está en venta en las librerias o conseguir por amazon.com
La edición argentina de "Salir del duelo" es publicada por la colección Taurus.
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"Cuatro placeres por día, como mínimo "

Escritos reunidos por Dominique Berns


Evelyne Bissone Jeufroy
Evelyne Bissone Jeufroy. E.B.J: La vida está hecha de renuncias y pérdidas. Pero nosotros podemos salir del duelo y aprender a vivir nuevamente. La vida no es un valle de lágrimas. ¡Cuántas renuncias en una vida! Y en cada una de ellas hay un duelo. Sin embargo, nuestra época no nos prepara para otra cosa que el triunfo. No se nos enseña sobre la pérdida y el cambio. Se nos dice que debemos ser exitosos. Qué es preciso entrever la eterna juventud, la felicidad sin fin, el bienestar integral…

D. B. - Cuando hablamos de duelo naturalmente lo asociamos a la muerte, la de un ser querido, de un padre o una madre, de un hijo o una hija o de un amigo. En el libro que escribiste conjuntamente con Anne Ancelin Schütsenberger, “Salir del duelo” (Payot), amplían este concepto. Hace falta, dicen ustedes, aprender a hacer el duelo de una relación amorosa después de una ruptura, de un trabajo luego de un despido, de un ideal profesional. ¿Se trata, acaso, de un mismo trabajo de duelo?
E.B.J: El trabajo de duelo es el mismo sea cual fuera la pérdida. Es la ruptura de un vínculo que representa la seguridad. Soy psicóloga y “coach”, acompaño a las personas en un proyecto que llamamos “cambio de vida”. Acompañé recientemente a un ejecutivo que había sido trasladado desde Estados Unidos a la casa central en París. Estaba en duelo por la pérdida de su posición de gran jefe. O a una supervisora de un hospital que acompañaba a los moribundos: ¡Estaba en duelo por la pérdida de su auto!

D. B. - Parece un poco trivial…
E.B.J: Para nada, su auto era su seguridad, porque, contaba ella, nunca la había traicionado. A la pérdida del objeto de amor se suma la pérdida de la seguridad. A veces, el primer duelo de un niño es la pérdida de su objeto favorito, el osito, la mascota con la que duerme. Es un duelo importante, porque ese objeto representaba su seguridad. Después de una ruptura amorosa, el sentimiento de abandono, “es similar al de un bebé abandonado por su madre”, según la expresión de una de las personas a quien acompañé. Y además se suma la pérdida del ser que hemos sido hasta allí. Un niño que pierde a su madre no será más el niño despreocupado y feliz que ha sido, inclusive habiendo hecho el duelo. El título del libro podría haber sido “Las pérdidas que jalonan nuestras vidas”. Varias de las consultas que recibo provienen de personas con duelos pendientes: la pérdida de un referente, de una empresa, de un equipo o de un proyecto. En la medida en que la persona sigue rumiando, no puede involucrarse en un nuevo proyecto

D. B. - Se habla mucho de “hacer el duelo” y en relación a casi cualquier asunto. ¿Acaso nuestros contemporáneos tiene más dificultades que sus antecesores para elaborar el duelo?
E.B.J: Si, muchas más, porque nuestra sociedad actúa como si la muerte no existiera. Es aberrante, tomando en cuenta que es nuestra única certeza. Todos nosotros conocemos pérdidas; un ejemplo, la de nuestra juventud. “¡Cuántas renuncias en una vida!”, me decía hace poco un cliente. Y en cada renuncia hay un duelo, para el cual no estamos preparados. Un ejemplo clásico es la jubilación: ¿cuántos nuevos jubilados enferman? Algunos beben, otros se deprimen, a veces mueren tiempo después. Nuestra época no nos prepara para nada, salvo para el triunfo. Se nos repite que tenemos que ganar y ser felices. De ningún modo nos prepara para el cambio. Antiguamente se nos otorgaba el tiempo del duelo, se vestía de negro durante un año. En Mónaco, luego de la muerte del príncipe Rainier, se fijó el periodo de duelo en tres meses, y a muchos les resultó eterno. Sin embargo, es ridículamente breve en relación con la pena que uno carga, Nuestras sociedades han borrado los ritos reparadores.

D. B. - ¿Por qué piensa usted que actualmente no nos damos tiempo para elaborar el duelo?
E.B.J: Porque estamos apresurados, estresados. Tampoco es cómodo estar con personas tristes. En la curva del duelo hay un descenso y luego una subida. Y, entre los dos, un periodo de tristeza que dura un tiempo relativamente largo. Sin embargo, es una etapa decisiva: tenemos que vivir nuestra tristeza el tiempo que la sintamos; después de lo cual el ascenso comienza. Hoy en día la gente te dice: “¿Todavía triste?”, ¿Cuándo se te va a pasar? Molesta a todos que estemos tristes. La gente nos quiere alegres y activos. Nos presionan para estar bien, pero es un error. Hay momentos de profunda tristeza que requieren una mirada comprensiva. El trabajo del duelo lleva de uno a tres años, sea de un ser querido o de un trabajo que uno a amado. Depende también de la intensidad del apego y de la toma de conciencia de la persona. Un día el presidente de una empresa, que acababa de ser despedido, me dijo: “¿Yo en duelo? ¿¡Qué dice?!” era la fase de la negación. El duelo había comenzado pero era inconciente todavía. El proceso va más rápido una vez que se toma conciencia. Quince días después, el hombre vino a decirme: “Soñé con la persona que me echó y yo estaba furioso contra él”. Y le respondí: “Entonces qué suerte, está progresando”.

D. B. - Usted insiste particularmente en el peligro de “bajar la cortina y no pensar más en eso”. ¿Por qué?
E.B.J: Cuando tenía veinticinco años mi hija murió y mi marido que solía bajar la cortina frente al dolor me pidió que no habláramos más de ella. Durante diez años no hablé salvo con mis hijos. Frecuentemente me enfermaba y nadie entendía por qué. Somatizaba.

D. B. - ¿Pudo salir adelante?
E.B.J: Sí, hice muchas cosas, recuperé mi buen humor, tuve otro bebé. Pero eso no significa que haya podido superar el duelo.

D. B. -¿El duelo no estaba hecho?
E.B.J: No, había una parte de mí que encontraba inadmisible lo ocurrido.

D. B. - ¿Por qué algunas personas logran hacer su duelo y otras no?
E.B.J: Algunos creen que luego del trabajo del duelo el ser amado será olvidado. Y otros, para permanecerle fieles no lo hacen. Imaginan que permanecen fieles si se quedan en esa tristeza. A ellos les pregunto: “Si el otro volviera, ¿cree usted que estaría contento de verlo en ese estado?”. Cuando el duelo está terminado, la cicatriz ya no supura, está limpia. De mi hija puedo hablar sin exceso de emoción. La cicatriz queda y la ausencia también permanece. Cuando el amado se interioriza, forma parte de uno para siempre y no se lo olvida. Él lo acompaña a donde vaya. Y se puede vivir en paz y en serenidad. Dicho esto, hay que ser respetuoso con las personas que se niegan a hacer ese trabajo doloroso. A los ochenta y tres años mi madre se dio cuenta de que no hizo jamás el duelo de su propia madre, que había muerto joven. Yo le dije: “¿Querés hacer el duelo?” “De ninguna manera”, me respondió, “He vivido así hasta ahora y puedo continuar así” No se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado.

D. B. - ¿Y cómo saberlo?
E.B.J: Se le pregunta: “¿Querés ser ayudado?” En ese caso se le hace acompañar por una persona que sepa hacer el trabajo de duelo, alguien preparado, que encuentre las palabras adecuadas. Pero es un trabajo que se hace después de unos meses o un año. Durante los primeros meses el dolor “enloquece” y la persona atraviesa la fase de negación, la rebeldía, la cólera. Son fases normales. Se sabe que la persona ha adelantado en su trabajo de duelo cuando empieza a hablar de si misma en vez de hablar todo el tiempo de lo que ha perdido.

D. B. - En su libro, hay una serie de prescripciones para reaprender a vivir: cuatro placeres por día. Es una receta…
E.B.J: Si, nuestro libro es un libro de recetas. Cuatro placeres al día como mínimo, para reaprender a vivir. Porque cuando estamos tristes dejamos de generar gratificaciones. Pueden ser placeres simples: escuchar música, tomar un café en una terraza, ver las hojas agitarse con el viento… Cada uno debe encontrar su estrategia. ¿Qué le daría placer a usted? ¿Ir al cine? ¿Comer en un restaurante? Hay que explorar lo que genera placer en uno mismo. Entonces uno se vincula con su energía positiva.

D. B. - Encontrar recursos de energía positiva es un poco “new age”, ¿no?
E.B.J: No se puede imaginar cuán “delicioso” es sentirse bien en el propio cuerpo. La risa por ejemplo es terapéutica. Sé de un psicólogo que proyecta películas cómicas a sus pacientes depresivos y eso funciona. Hay personas que no gustan del término placer porque les han enseñado que hay que desconfiar de él. “La vida es un valle de lágrimas”, les han dicho. Ha menudo hay que poner entre interrogantes parte de nuestra educación. Trabajo mucho sobre las creencias que limitan, todas esas que nos impiden ser nosotros mismos. “Si soy feliz algo terrible me va a ocurrir”, por ejemplo una creencia difundida pero falsa.

D. B. - Para algunas personas el placer está en la compra compulsiva…
E.B.J: Es una forma de escape. Compensamos con el exceso, queremos estar llenos. Algunos comen demasiado, otros beben mucho, otros fuman compulsivamente. Otros trabajan sin parar. Otros se compran de todo. Pero el placer no es la compra. El placer es gratificante con la compra de algo especial si uno se compra algo con lo que ha soñado. Una de las personas que acompañé no se había comprado un lápiz labial desde hacía cinco años. Se compró uno, no quince, y le dio placer, porque en realidad lo importante es que se dio tiempo para ella misma.

D. B. - Para lograr reaccionar ante los golpes y las pérdidas que jalonan nuestra vida es importante “invertir en campos o actividades que nutran el alma y nos den recursos”, escribe usted. Luego hay una lista larga: amor conyugal, amor de los hijos, de la gente, desarrollo de si mismo, de la familia, de los demás, de Dios o de algún ser superior. Usted habla de eso como de una inversión. ¿Por qué?
E.B.J: La mayoría de la gente invierte solo en la pareja y en sus hijos. No creen vivir golpes duros. Imagine usted que el niño muere y la pareja se termina. No queda nada. Si queremos estar relativamente bien armados para los golpes duros que necesariamente vendrán, hay que intentar llenar esos espacios de amor y recursos que permitan afrontar mejor las pérdidas.

D. B. - En la lista que usted despliega no incluye el trabajo, ¿por qué?
E.B.J: Es deliberado que no pongamos el trabajo porque puede implicar una huida. El amor al trabajo bien hecho, en cambio; como la artesanía donde uno vierte su talento y su alma, es un recurso.

D. B. - Tener amigos, una vida social, entonces, ¿es una “inversión que da frutos”?
E.B.J: No es lo mismo. La sociedad es un poco como el trabajo. No son las relaciones superficiales las que necesitamos sino los amigos. Los amigos son aquellos que nos hacen sentir bien.